Capítulo I - Preludio

Al principio sólo estaba Caos. Un vacío denso, oscuro e inconcebible. Una lóbrega tiniebla de la que surgió Gea, la tierra, madre de los dioses.

Gea temía al tenebroso Caos, así que para protegerse de su infinita oscuridad alumbró a Urano, el cielo, que la cubrió por todas partes y con sus estrellas trajo la luz al mundo.

Urano tomó a la cálida Gea por esposa, y de su unión nacieron varios hijos formidables: los orgullosos Cíclopes, los inconcebibles Hecatónquiros y los arrogantes Titanes. Pero el frío Urano, temeroso de que sus vástagos le disputasen el poder, los encerraba a medida que nacían en el Tártaro, la prisión situada en las más recónditas entrañas de la tierra.

Ultrajada por los actos de su esposo, Gea se dirigió a los titanes pidiéndoles que derrocaran a su malvado padre. Pero ninguno de ellos osaría enfrentarse al temible Urano. Tan solo Cronos, el más joven y astuto, aceptó alzarse contra el soberano celeste. A escondidas, Gea liberó al titán y le entregó una hoz que ella misma había fabricado en su seno.

Cronos aguardó a que cayera la noche, para coger por sorpresa al viejo Urano mientras dormía, y con la hoz de su madre cercenó los genitales del dios del firmamento. El cielo y la tierra quedaron así separados para el resto de la eternidad, y de la sangre derramada nacieron las terribles Erinias.

Tras perpetrar el crimen, Cronos descendió al sombrío Tártaro para liberar al resto de los titanes, pues ahora conocía la forma de abrir su oscura puerta. Sin embargo, cuando los cíclopes y hecatónquiros trataban de escapar, el titán decidió dejarlos encarcelados para evitar compartir el poder supremo. Él guiaría a sus hermanos por aquel vasto mundo y suya sería la gloria.

Así fue como Cronos, el primer nacido, se convirtió en el nuevo señor del universo.

 

 

 

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