Capítulo XVI – Prometeo (Epílogo)

Un viento frío agitaba los cabellos de una decrépita figura en lo alto de las montañas. Había pasado tanto tiempo encadenado a aquella roca que los recuerdos comenzaban a ser tan borrosos como la bruma que todos los días le envolvía.

Sin embargo, si se esforzaba aún podía recordar los días en que había combatido con el ejército olímpico durante la titanomaquia, y cómo habían aplastado a las fuerzas de Cronos.

Recordaba cómo el victorioso Zeus había decretado que todos los titanes contra los que había luchado fuesen encerrados para el resto de la eternidad en el Tártaro, cuya puerta sería guardada por los monstruosos hecatónquiros.

También recordaba a su osado hermano de sangre, el titán Atlas, para el que Zeus había preparado un castigo ejemplar por su arrogancia, y desde los confines occidentales del mundo sostenía eternamente la bóveda celeste sobre sus hombros.

Mucho había pasado desde aquellos gloriosos días. Y aunque él mismo había luchado codo con codo con el todopoderoso Zeus e incluso había gozado de su favor y amistad, en el fondo nunca había encontrado su sitio entre los demás inmortales.

Él, que había creado a los hombres a partir del barro, se sentía más cercano a cualquier mortal que a aquellos ampulosos dioses. Y por ello les había concedido todo tipo de favores, contradiciendo las órdenes del propio Zeus.

Así fue como se ganó su castigo. Pasaría el resto de sus días encadenado a una montaña mientras un águila le devoraba el hígado cada mañana.

Pero ya no sentía rabia, pena o tristeza. Pues sabía que un día los mortales ya no necesitarían a los dioses, y caminarían libres por la senda de la eternidad.

Encadenado a su destino, Prometeo aguardaría el triunfo de la humanidad.

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