Capítulo VIII – Hijos De La Noche

Con el tiempo, la espléndida morada de Cronos se había convertido en un tenebroso santuario, alimentado por el propio odio del titán. En la siniestra corte de Otris, plagada de informes criaturas salidas de los más oscuros rincones de la tierra, habían encontrado su lugar todas las fuerzas oscuras, calamidades y deidades odiosas que había traído a este mundo la negra Noche.

Zeus había sido aceptado como copero real, gracias a la mediación de su madre. De hecho, fue la propia Rea quien dispuso también los medios para que su hijo y la inocente Metis se conocieran, sabedora de que la oceánida caería rendida ante el encanto del joven copero.

Metis, que conocía los secretos de las pociones divinas, accedió a preparar un brebaje emético para ayudar a su joven amante, pues su despecho con Cronos por cómo había tratado a su padre crecía parejo a su devoción por el copero.

Cuando cayó la noche, Zeus se apresuró a servir el brebaje de la oceánida para ofrecérselo a Cronos. Sin embargo, el titán, atormentado por las profecías de su caída, ya no bebía ni comía. Fue entonces cuando Rea, usando todas sus artimañas, consiguió convencer al desconfiado Cronos para que se tomara la pócima.

Apenas habían transcurrido unos segundos, cuando el señor de los titanes se desplomó de su trono retorciéndose entre gritos de dolor, mientras vomitaba a todos los hijos que había devorado, empezando por la piedra que debería haber sido Zeus.

Descubierto el verdadero destino de aquellos hijos y ante tal demostración de barbarie e impiedad, la propia Themis, diosa de la justicia divina, le predijo a Cronos que las calamidades y la oscuridad de la noche nunca le abandonarían. Las Erinias, nacidas de la sangre derramada de Urano, seguirían atormentándole hasta el fin de la eternidad.

 

 

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